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Vivir El Tiempo Sin Estrés

Cápsulas de Salud

Casi a diario leemos o escuchamos esta palabra, asociada por lo común a la particular relación que se da entre las presiones a las que se ven sometidas las personas en múltiples situaciones de la vida moderna, y los recursos internos con que cuentan esas personas para hacer frente a tales presiones. Y dependiendo entonces de la calidad y cantidad de esos recursos y las características más o menos agobiantes u oprimentes de la situación a afrontar, resultará una situación de estrés más o menos difícil, y también más o menos aguda o crónica.

Sí, porque aunque normalmente asociamos estrés con situaciones de malestar y tensión, ansiógenas y exigentes, pero puntuales, de momentos determinados y muy importantes, veremos cómo el estrés puede acompañarnos incluso en la vida cotidiana, en la vida que estamos acostumbrados a llamar normal. Manejar el estrés se ha convertido en un aspecto importante de la vida cotidiana para muchos adultos. Tanto, que ahora incluye a los estudiantes, y aquellos bajo mucha presión han encontrado muchos métodos eficaces para hacerle frente, desde una noche libre en Party Poker hasta tomarse un fin de semana corto. Estas "vacaciones de estrés" puede mantenernos alegres y optimistas - algo vital para corregir el estrés.

¿Pero cómo? Si la palabra estrés casi siempre nos evoca imágenes tales como la de un ansioso señor ejecutivo atendiendo veinte cuestiones a un tiempo y rodeado de teléfonos, papeles, agendas y secretarias; o la de un estudiante al borde del colapso por tener que afrontar un dificilísimo examen; o tal vez la de un atleta olímpico que se está por jugar un primer puesto mundial. Sí, generalmente el estrés es un concepto que se relaciona con gente que convive con él como con un acompañante muy calificado, que, además del inevitable fastidio, le provee de una especie de status especial, de un sitio social de privilegio, de un halo de superioridad y super eficiencia.

Pero si miramos un poco por otros sitios, por otras edades, por mundos donde no parece habitar el estrés, al menos como diaria compañía, nos encontraremos también con situaciones de tensión, incluso escondidas, con las que convivimos y que se parecen mucho a los que se siente cuando se habla de estrés. Puede pensarse que el hombre medio, el ciudadano de a pie, está libre de esta molesta e importante compañía, ya que sus días transcurren monótonos y uniformes, sin más ambiciones que cubrir los gastos familiares, unas horas de trabajo con pocas variantes, un ocio que siempre se llena o se vacía con las mismas cosas, un llegar a casa a diario, casi a la misma hora, el periódico, la tele, las habituales situaciones familiares…No parece haber lugar para el intenso estrés.

¿Pero es que toda situación de estrés es intensa? Tal vez podamos pensar en el estrés en un sentido más amplio, como decíamos, y reflexionar sobre situaciones cotidianas que no por menos intensas son menos estresantes. Es el silencioso malestar de la rutina, el lento e invariable pasar del tiempo, ese tiempo que cuando sobra hay que matar. "Vamos a entretenernos con esto, o con esto otro, para matar un poco el tiempo. ¿Pero por qué tenemos que matar al tiempo? ¿Por qué no vivirlo? Ese tiempo que parece normal y necesario matar es tan estresante como aquel que falta al hombre que necesita siempre más horas. En la vida de todos los días se viven infinidad de situaciones como estas o parecidas, y que llenan muchas veces de insatisfacción y de aburrimiento, de fastidio no siempre reconocido, porque parece que así es la vida, y que así debe ser. Y entonces se establece en la existencia diaria un estado de estrés que podríamos llamar crónico, que hasta parece normal e inevitable, justamente porque forma parte de la vida de todos los días. La mujer sencilla que se dedica sólo al cuidado del hogar, vivido en muchos casos como un apostolado, enalteciendo día a día el sacrificio como deber, en esa especie de placer por el abnegado y exclusivo esfuerzo doméstico, esconde a menudo una elevada falta de placer por no permitirse espacios de ocio, de realización de ocultas potencialidades, de disfrute en actividades impensables para una señora que lleva un hogar y educa a sus hijos. La insatisfacción se niega, todo parece estar bien: las jaquecas femeninas aparecen casualmente y el engordar, y los problemas estomacales, y las alergias a todo y el insomnio…¿Y cómo podemos llamarle a todo esto? ¿Tendrá algo que ver el estrés?

Pero bueno, ya no somos niños, - se nos puede decir- que para eso está la niñez, para vivir la vida feliz y sobre todo despreocupadamente, no dándose cuenta de nada. La cándida inconsciencia infantil, otro mito que, más que favorecer a la gente menuda, la inviste de un estado irreal, en que se confunde niñez con una confusa y escasa percepción de lo que ocurre en el ambiente en que se desenvuelve la vida cotidiana de los niños. Entonces, como se tiene el convencimiento muchas veces de que los niños no entienden las conversaciones de los mayores, ni lo que sienten, ni lo que ocurre, porque se la pasan jugando y distrayéndose en sus cosas, se puede hablar de todo delante de ellos, se les pueden postergar respuestas para cuando sean mayores- que se supone que es cuando pueden entender -, se les puede falsear la realidad para que "no sufran" y se les puede hacer callar a la hora de la cena porque los adultos tienen cosas importantes que hablar…Y a lo mejor nuestro niño quiere saber por qué el abuelo hace tanto que se fue de viaje sin despedirse de él…¿Se habrá ido el abuelo de viaje? ¿Dónde está realmente el abuelo?. No lo tiene claro, y esto lo entristece y lo confunde. O no entiende matemáticas pero no puede decirlo en casa, porque la noticia de la mala nota de hoy puede costarle ese regalo tan esperado que le han prometido si es buen alumno. Su pequeño e inmenso mundo quiere luz, clama por verdades, y se angustia ante lo dudoso, lo velado, lo oculto, aquello que no se muestra, todo lo que no se le dice, todo lo que él no puede decir. El niño también siente exigencias, presiones, a las que a veces no sabe cómo responder. Y el niño se estresa, sintiendo angustia, tristeza, rabia, peso sobre sus espaldas. Pareciera que tiene todo lo que necesita para ser feliz y sin embargo suele estar malhumorado, o desganado, o distraído en la escuela…

Se presentan como cosas tan sencillas y sin importancia- tanto en el mundo infantil como en el adulto- que se dejan pasar. Y es ahí donde más oportunidades tiene el estrés para colarse e instalarse en nuestras vidas, y como un aburrido vecino que saludamos sin ver todos los días, transformarse en cotidiano acompañante.


Diana Aizenberg,
Licenciada en Psicología



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